Durante la semana pasada se celebraron unas jornadas sobre periodismo cultural en la Facultad de Comunicación de la UAB. Un tema que nos toca muy de cerca a algunos... Es obvio que la prensa está en plena decadencia y que el fin de la era de los periódicos está cerca. Los diarios gratuitos e internet han supuesto problemas de financiación importantes para la prensa escrita de pago, ya que los consumidores consumen nuevos productos informativos más inmediatos y económicos. Esto, en definitiva, significa la disminución de anunciantes, y por lo tanto, la reducción de ingresos. Lo que a medio y largo plazo se traduce en reducción de las redacciones, menor presupuesto y, en consecuencia, va desapareciento progresivamente el periodismo de calidad y de rigor. A este duro contexto para la prensa, se suma la crisis económica que como hemos podido ver en los últimos meses golpea duramente a los media. Pero, ¿dónde entra, en este panorama, el periodismo cultural? Pues bien, la sección más castigada dentro de los diarios está siendo la de cultura, donde se ha recortado una gran cantidad de sus páginas. La crítica es uno de los grandes géneros del periodismo cultural. A la conferencia del viernes (Parlen els crítics) asistieron Esteve Riambau (crítico de cine) y Toni Vall (crítico de televisión en el Avui). Vall afirmó que, debido a la crisis que sufren los medios de comunicación, la crítica se está reorientando hacia una reseña lúdica que se limita simplemente a dar consejos de ocio. Según él, la crítica debe ser apasionada y convencida, a la vez que rigurosa, ordenada y analítica. La crítica no es solo una respuesta de un producto cultural, sino que puede ser una creación artística propia, puede tener peso y calidad literaria. Riambau, por su parte, aseguró que la crítica ha perdido su peso, el espacio de análisis y de opinión, y ha pasado a cumplir un servicio de cartelera. Durante el coloquio se llegó a la conclusión de que internet juega un papel muy importante en el periodismo cultural, puesto que abre las puertas a los escritores y periodistas que se ven limitados por el espacio que les dejan los periódicos. Cabe reflexionar sobre si otro periodismo cultural, más comprometido con la sociedad, más analítico y más variado es posible y cuáles son los caminos que se deben tomar...
El otro día, paseando por Diagonal, me encontré con este cartel. Qué quiere decir que si la cultura es necesaria? Con qué juego de palabras nos quieren atraer esta vez los publicistas? He intentado averiguar qué se esconde detrás de este eslogan, pero no he dado con ello aún. Lo cierto es que a mi me llamó la atención esta pregunta retórica (quizás sean las consecuencias de las clases de periodismo cultural...) Mi primera reacción al ver el cartel fue: "pss... pues claro que es necesaria!". Durante todo el trayecto hasta casa esta dichosa pregunta ocupó gran parte de mi mente. Intentaba dar una respuesta contundente, con suficientes argumentos. Pero me venían tan rápido a la cabeza que no conseguía enumerarlos a todos. Finalmente llegué a la conclusión de que la cultura es necesaria para vivir. Simple y llanamente. ¿Qué motivos se os ocurren a vosotros?
Muchas veces os habréis preguntado ¿qué es arte? Esta cuestión que puede parecer tan metafísica no tiene una respuesta exacta desde una percepción psicológica individual. Personalmente, no creo que el arte tenga que entenderse: tienes que sentirlo, tienes que conmoverte e impactar. Aunque, sin duda, el gusto se educa con el conocimiento.
El arte moderno, tal y como lo entendemos ahora, nace en el cuatroccento italiano y desde sus inicios se ha ido diversificando hasta un punto en que las fronteras entre lo que es arte y lo que no lo es es cada vez más difuso. El arte moderno inquieta al ciudadano. La excelencia en el arte no es objetivable, no hay una manera exacta de medir lo buena o mala que es una obra. Pero una cosa está muy clara, lo que es arte está valorizado, es muy caro y está al alcance de los multimillonarios con gustos exquisitos.
El arte contemporáneo nos ha mostrado que cualquier objeto puede considerarse artístico dentro de un museo. El gusto, las modas y las tendencias son las que determinan el arte. Pero ¿quién determina el valor económico del arte? ¿Coincide este valor con el artístico o el estético? ¿Desde qué parámetros se pone precio a una obra? ¿Se consume arte sólo como forma de distinción y como forma de diferenciarse del resto?
La relación entre arte y economía es muy estrecha. Hoy en día no se pude entender el arte sin el mercado, dado que el arte es un bien valorizado que se distribuye y comercializa. Por lo tanto, las manifestaciones artísticas se caracterizan por su doble dimensión: la cultural y la económica.
La dimensión cultural es la que busca satisfacer una determinada necesidad cultural. Es decir, la creación u oferta responden a unas demandas o consumo de obras de arte, consecuencia de una necesidad cultural insatisfecha. Esta dimensión cultural es el rasgo característico de las producciones artísticas, que las hacen exclusivas y las diferencian del resto de bienes.
Por otro lado, la dimensión económica engloba actividades económicas de producción, distribución y comercialización. Es en la actividad de distribución donde se genera el mercado del arte. Es obvio que para que exista mercado de una obra de arte se necesitan dos partes implicadas: la oferta y la demanda; y que se pongan de acuerdo en la transacción. En este punto, hay un desequilibrio porque los vendedores y compradores no disponen de la misma información. Al tratarse de productos únicos e irrepetibles, piezas exclusivas y únicas en el mundo, se trata de un mercado prácticamente monopolítico. Tal y como explica William Baumol en un estudio económico sobre el mercado del arte, en este sector no existe un nivel de equilibrio por lo que sus precios son considerados no-naturales en el sentido clásico. La elasticidad de la oferta es cero, como pasa en el caso de obras de arte de artistas ya fallecidos, ya que el exceso de demanda no provoca un incremento de la oferta. Por lo tanto, el mecanismo de equilibrio de precios en el mercado del arte es más débil que en los otros mercados.
Llegados a este punto, hay que destacar el importantísimo papel que han jugado los críticos de arte, que con sus opiniones pueden influir en los gustos generales y en la valoración de este mercado, basado en modas y tendencias. La segunda mitad del siglo XX ha sido la época en la que más se ha valorizado el arte. Los precios del arte crecen más que los de las acciones en los últimos 135 años y superan la inflación.
En mi opinión, las obras de arte responden cada vez más a la dimensión económica que a la cultural. El arte se ha convertido en las últimas décadas en un bien de inversión que mueve millones en un mercado creado y promovido por y para los ricos. Las desorbitadas subastas de obras de arte muestran el potencial de este mercado, y las cantidades de dinero que se manejan han adquirino proporciones desmesuradas. ¿De verdad valen 13 millones de euros las penosas vacas en formol de Damien Hirst? ¿Merece la cúpula de Barceló una inversión de 20 millones de euros, una suma que podría ser el presupuesto de un país pequeño? El año pasado las ventas de obras de arte superaron, por primera vez, la barrera de los mil millones de dólares. Las dos casas más importantes son Sotheby’s y Christie’s, que en 2006 alcanzaron altas cifras: vendieron cinco obras de Klimt en 327 millones; y además tuvieron récords para Gauguin, Schiele, Warhol y, entre otros, un Cézanne a 37 millones y un Pollock a 140 millones.
El mundo del arte está cada día más ensimismado y es más irreal y más perverso. Hace dos semanas se celebró la subasta del siglo en París, la de la colección del modisto Yves Saint Laurent (fallecido en verano del 2008) y su compañero Pierre Bergé, en la que se recaudaron 773 millones de de euros. Y yo me pregunto: ¿dónde está la crisis?
El “topicismo” es una enfermedad hereditaria que sufrimos la mayoría de humanos. No está diagnósticada por ningún médico, ni estudiada en ningún ensayo clínico, ni tampoco existe una cura infalible contra este síndrome. Pero casi todos lo padecemos y es altamente perjudicial para la salud mental. Los tópicos construyen nuestra mente y nuestra percepción del mundo. Los chinos son trabajadores; los latinos, pasionales; los franceses, románticos; y los catalanes, tacaños. Experimentamos una curiosa satisfacción cuando vemos reflejados los tópicos en la realidad y nos sentimos engañados y frustrados cuando comprobamos que son simplemente eso: tópicos. Los turistas que pasean todos los veranos por las Ramblas de Barcelona compran peinetas y estatuillas de toros (además de aquellos estúpidos gorritos mexicanos) porque piensan que aquello es made in spain. El síndrome del “topicismo” desgraciadamente se encuetra por todas partes y también contamina a la cultura. Para ser más precisos, los productos culturales, junto con los medios de comunicación, son los principales canales que construyen y retroalimentan los tópicos. La idea que nos formamos sobre un país, una sociedad o una cultura proviene de diversas imágenes que nos llegan en forma de flashes. Nos conformamos con esas pinceladas para construir nuestra concepción del mundo. Pero en realidad un tópico esconde miedo, pereza y orgullo. Miedo a que se desarmen nuestras estructuras mentales. Pereza, porque es más fácil aceptar que los gallegos son brutos, los andaluces holgazanes y los ibicencos fiesteros que pararse a pensar y conocer por nostros mismos. Orgullo porque posiblemente uno se siente más contento consigo mismo sabiendo cuatro cosas de algo. Quizás estas son tres de las características que nos distinguen como seres humanos: el miedo, la pereza y el orgullo. La pregunta está en si podemos evitar el tópico al realizar una producción cultural. En mi opinión, no es una tarea imposible, pero sí muy complicada. Romper con los tópicos no resulta nada fácil. Cualquiera que lo intente se encontrará con una barrera de mentes ya moldeadas que, ya sea por miedo, pereza u orgullo, no tienen demasiado interés en romper con estos esquemas. Basta con fijarse en el séptimo arte. Las películas que han intentado romper estos moltes han sido tildadas de “independientes” o “experimentales” y no acostumbran a tener demasiado éxito entre las masas. En cambio, las grandes producciones de Hollywood se encargan de reproducir película tras película diferentes tópicos. Un ejemplo claro, y con la ceremonia de los Oscars aún caliente, es el de Vicky, Cristina, Barcelona. Woody Allen nos muestra una ciudad cosmopolita, pero a su vez muy “española”, en donde mientras uno pasea por las calles puede escuchar canciones de Paco de Lucía. Muy típico de Barcelona…
Por otra parte, a veces la línea fronteriza entre tópico y realidad es muy estrecha. Es el dilema de ¿qué fue antes, el huevo o la gallina? Un tópico nace de una realidad magnificada y repetida. Y, a su vez, el tópico puede llegar a convertirse en una realidad a partir de la asimilación de aquellos actores que se encuentran implicados. Por poner un ejemplo, si existe el tópico de que en un barrio concreto todos son unos “macarras” y “chorizos”, puede que al final, un vecino honrado de aquel barrio acabe asimilando aquella etiqueta y se convierta en ese tópico. Los medios de comunicación y la cultura son los grandes responsables de romper con estos tópicos, de educar a los ciudadanos y de presentar estampas variadas y lo más fidelignas posibles a la realidad. Aunque algunos crean que no, en el siglo XXI aún funcionamos a partir de tópicos. Y ya es hora de encontrar un remedio a esta enferemedad.